De Mamá de Día a Psicóloga Sanitaria

En el año 2014 estaba terminando un máster cuando vi un local precioso frente a mi casa y decidí ponerme en contacto con ellos. Era una asociación que trabajaba por y para las madres y sus bebés, Entre Mamás. Nunca me planteé que existiera un lugar así, era mi sueño hecho realidad, siempre me había fascinado el mundo de la maternidad (los embarazos, los bebés…) y ahora tenía la oportunidad de adentrarme en ello.  Recuerdo que cuando tuve que escribir mi descripción para la página web de la entidad puse algo así como que son las experiencias del día a día las que más me habían formado, y ahora es cuando realmente tomo plena consciencia de lo que aquellas palabras significan. Soy licenciada en Psicología, tengo un máster oficial en Intervención Psicosocial y Comunitaria, otro en Psicología General Sanitaria y otro en Terapia con EMDR. Entre tanto título muchas veces siento que mis tres años de experiencia como mamá de día pueden estar al nivel de cualquiera de esas formaciones. Comencé a trabajar de ello como algo temporal hasta que pudiera trabajar como psicóloga sin darme cuenta de que ya lo estaba haciendo.

Es un regalo ver crecer y evolucionar a un niño/a, acompañarle en el camino siendo cómplice y testigo de esta transformación impregnándote cada día de su energía, sus logros, su amor… Seres puros de emociones intensas y transparentes. A veces tan fácil y otras tan difícil. Tan iguales y tan distintos. Oportunidad de reconectar con la infancia, de mirar hacia dentro y reflexionar, oportunidad de reparar aquello que no tuviste y hubieses necesitado, o te hubiese gustado. Sin juicios, desde el amor.

Ser mamá de día me ha permitido también entender en toda su magnitud las necesidades en la primera infancia, ese periodo tan sensible en el que de manera inconsciente empiezan a descubrir y desarrollar su propio concepto sobre cómo es el mundo, cómo es el otro y cómo es uno mismo. Ser base y refugio para el otro, errar, caer y volver a levantar y no dejar de intentarlo. Perdonarme, aprender y crecer. Aprender de mí y aprender de ellos. No dejarme llevar por sus conductas y ver más allá de ellas. Dejarse a una misma a un lado, desarrollar la empatía. Identificar y validar sus emociones, y ayudarles a regularlas, a comprenderlas. Leer entre líneas, detectar la necesidad e intentar cubrirla. Cosas que parecen muy obvias e intuitivas pero que a veces pasan desapercibidas, y es la experiencia la que permite integrar la teoría. Teoría que uso cada día con mis pacientes, ya sean niños/as, adolescentes o adultos. Porque al final todos/as necesitamos ser mirados, escuchados, aceptados… Recibir un apego seguro.

Trabajar con infancia me ha dado la oportunidad de frenar el ritmo, aunque sea unos instantes y volver a ver los detalles por pequeños que sean, disfrutar el aquí y el ahora, el olor de una planta, el aleteo de una mariposa, el sonido de una risa. Volver a jugar. Recibir el cariño más puro y sincero que pueda haber. Miradas, sonrisas, besos y abrazos que llegan al corazón aún en el día más gris y que están presentes aún en el día más difícil.

Probablemente «mis peques» se olvidarán pronto de mí, pero sé que queda la huella por pequeña que sea, incluso aunque no haya recuerdo explícito, y que mi amor y mis cuidados forman ya una pequeñita parte de su cerebro igual que cada uno de ellos/as forman una parte de mí, como persona, como futura madre y como psicóloga.

Gracias a cada una de las familias por su confianza y su cariño. De ellas también he aprendido mucho. Pero sobre todo gracias por tanto a cada uno/a de «mis peques»

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